Hay momentos en los que no sabemos qué decisiones tomar. Y las decisiones son esenciales porque determinan fracasos o la fundamentación para avanzar. Y sin duda, nos equivocamos. Una y otra vez, quizá.

Es fundamental que aprendamos a decidir apropiadamente.

¿Cómo saber si voy en la dirección correcta? En el mar o en el desierto, desde hace siglos los hombres han aprendido a orientarse gracias al sol y a las estrellas.

Hoy los sistemas de navegación por satélite les permiten saber exactamente dónde están y qué dirección seguir para llegar a su meta.

Incluso sin GPS, es posible preguntar a un transeúnte que pueda orientarnos.

Pero hay momentos en que todas estas soluciones son ineficaces.

A veces las nubes ocultan las estrellas, mi GPS no tiene señal… y en ciertos casos no hay ninguna persona que pueda darme una indicación segura.

¿Cómo puedo estar seguro de no equivocarme? En un país desconocido necesito estar acompañado por un guía fiable.

Es extraño que la mayoría de nuestros contemporáneos no se pregunten más a menudo: ¿Adónde va mi vida? ¿En qué dirección voy?

Continúan su camino siguiendo ejemplos, modelos e ideologías inspiradas por los medios de comunicación, o simplemente por rutina.

Cada uno tiene sus actividades, sus amistades, pero, en definitiva, ¿a dónde va? ¿Por qué, o por quién somos guiados?

El Señor Jesús se presenta como el Camino hacia el cielo, hacia Dios el Padre.

Dios nos guía acerca de las decisiones que debemos tomar. Es nuestra brújula para nuestra vida.

Yo he creído en él y he constatado que él dirige con seguridad a los que miran hacia él.

El Señor Jesús es el Guía invisible y poderoso.

Más que esto, él es el Camino mismo, vivo, seguro. Apartarse de él es perderse para finalmente caer. Usted también, escúchelo decirle:

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“Sígueme tú” (Juan 21:22).

También leemos en la Palabra:

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“Tiemblan… y toda su ciencia es inútil. Entonces claman al Señor en su angustia, y [Él] los libra de sus aflicciones. Cambia la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas… así los guía al puerto que deseaban” (Salmo 107:27-30).

Es hora de darle un rumbo distinto a nuestra existencia. ¿De qué manera? Reorientado las decisiones y dando pasos, pero con la guianza del Padre celestial.

No podría despedirme sin antes invitarle para que se acoja a la GRACIA de Dios.

La GRACIA es la expresión del amor de Dios que no quiere nuestra perdición y por ese mismo amor, envió a Jesús su Hijo para que ocupara nuestro lugar en la cruz y, allí en el Gólgota, trajo perdón de nuestros pecados y nos aseguró la vida eterna.

La GRACIA divina está disponible para todos nosotros. Para usted, para mí, para todos.

Ábrale las puertas de su corazón a Jesucristo.

Fernando Alexis Jiménez es periodista, escritor y mg., en teología. Sirve a Dios en la Misión Edificando Familias Sólidas y desde el 2016, dirige el Instituto Bíblico Ministerial. @RevistaVidaFamiliar

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